Así es el fútbol

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A mis amigos

A mí me gusta el fútbol, tanto como a los políticos el poder, con pasión. No hay otra manera de entenderlo, como no se entiende a la gente que programó una reunión el día de la inauguración del mundial o que Ernesto de la Jara no use celular. En este mundo de incomprensión, conocí a un director de ONG que en ocasión del mundial de España 82, torturaba a los miembros del Comité Directivo citándolos a la hora de los partidos.

Por esa razón, Eduardo Ballón, Lucho Peirano, Balo Sánchez León, entre otros, no pudieron ver aquel sensacional Alemania-Francia. Tampoco podía entender cómo, años antes, algunos amigos de izquierda en la PUCP eran citados a reunirse los domingos a la hora de los partidos de fútbol o cuando jugaba Perú, para templar el acero. La verdad que no templaban nada y en el fondo nos envidiaban.

No me acuerdo desde cuándo me gusta el fútbol y soy hincha de Alianza Lima. En los sesenta, sino ibas al estadio, no había posibilidad de ver a tu equipo, no transmitían los partidos por televisión. Solo quedaba leer y ver las fotos en La Crónica y Ultima Hora o escuchar Ovación de Radio El Sol con Pocho Rospigliosi o Pregón Deportivo con Oscar Artacho, en Radio Unión. Es decir, total despliegue de imaginación. Así escuché la final del mundial Inglaterra 66, cuando como local venció 4 a 2, con un gol dudoso a Alemania, donde ya jugaba Franz Beckenbauer. Juntaba, por cierto, el clásico álbum de figuritas, por lo que conocí a otros jugadores como a Eusebio, la Perla de Mozanbique, a Gento, aquel grande de las selecciones españolas o al ruso Lev Yashin, la Araña Nagra.


Por esos tiempos fui, por primera vez, al Estadio Nacional, un domingo en el que se programaba tres partidos. Con un amigo de barrio, cuyo tío nos dejó ingresar por la Puerta No. 4, nos deleitamos escuchando a los viejos hinchas que se reunían desde temprano en occidente intermedia, mientras llegaba el eco del golpe de la pelota y los gritos de los jugadores -quizá un KDT Nacional vs. Mariscal Sucre- que como todo preliminar a las 11:30am, jugaban a estadio casi vacío. Cuando llegó el partido de fondo, el estadio relucía lleno, Alianza jugaba contra el Octavio Espinosa que tenía a Adolfo Donayre como back centro. Cuando salió Alianza al campo, lo hizo con una delantera histórica: Julio Baylón, Cubillas, “Perico” León, “Pitín” Zegarra y “Babalú” Martínez. Desde aquel momento nunca dejé de ir al estadio y fui más hincha que nunca. Es más, decidí defender a mi equipo, a la camiseta blanquiazul, en todo tiempo y lugar y vaya que me ha ido bien, como bien saben mis amigos.


Pero también jugaba, como en el mundial México 70, cuya clasificación, un año antes, la vimos por primera vez vía satélite, aun en blanco y negro. Aquella de los goles de Cachito Ramírez. Toda la década fue de gran fútbol, pese a que no fuimos al mundial del 74 en Alemania, como ahora, pues nos eliminó el Chile de Figueroa. Nos contentamos ver a la Naranjas Mecánicas, en pantalla gigante en El Amauta. El griterío era tal, que parecía el estadio de Frankfurt o el de Munich. Al año siguiente, en el sudamericano, ganamos a Brasil 3-1, en su cancha. Fuimos al Estadio Nacional para ver el partido de vuelta. El fútbol une tanto que me acuerdo haber estado en Popular Norte, increíblemente, con José Luis Réñique, Pepo Velásquez, hinchas de la U. Nos ganaron 2-0, pero la suerte se jugó de la mano de una niña que por sorteo nos llevó a la final, que ganamos con gol de Sotil. Salimos en caravana -esa actividad que los jóvenes solo conocen por televisión- por la Avenida Arequipa y libamos como si fuera el último día, al igual que la clasificación del mundial de Argentina 78 y España 82.

A veces se entiende el fútbol como un apostolado de causas perdidas, por lo que se quiere convencer a los amigos de sus bondades. Así llevamos –no todos muy convencidos- un día al Estadio Nacional a Farid Matuk, que tuvo la suerte de ver el gol de media cancha del maestro César Cueto a Quiroga, quien tapaba por el Cristal. No sé si ello le habría ayudado a Farid a pasar de la historia a la econometría, pero estoy seguro que no se acuerda del partido.


 Pero no hay pasión sin disputa, por lo que todo país que se precie tiene que tener un clásico, como en el nuestro Alianza Lima-Universitario. Sin embargo, ese bipartidismo, deja algunos pequeños espacios, donde uno encuentra rarezas. Por ejemplo, los hinchas del Municipal son cuatro gatos y yo conozco a cinco: Rolando Ames, Toni Zapata, Jorge Deustua, Fernando Parodi y Julio Calderón. Los del Sport Boys son más: seis más Lucho Soltau, siete. Cienciano, dice que ahora tiene hinchas, Efraín González, por ejemplo (Felizmente el rectorado de nuestra PUCP está resguardado con los aliancistas Luis Guzmán Barrón y Marcial Rubio). Pero si se trata de la anti pasión, allí llamen a los del Cristal, que salvo el querido Toño Cisneros, son tan pecho frío como Jorge Soto.

En realidad, la pasión está en el clásico. Las gallinas son menos, pero son. A veces toman la forma de analistas como Santiago Pedraglio, Carlos Basombrío o Fernando Rospigliosi; otras veces como periodistas objetivos como el Efraín Trelles, Raúl Tola o Eddie Fleshmann, que cuando era mi alumno no jugaba ni canicas. Por lo demás, nadie podía acusar de ONPE de no ser plural, cuando teníamos en el Comité de Gerentes Carlos Reyna, Walter Twanama, Benito Portocarrero, que si bien son hinchas por televisión, no dejan de ser de la U. Pero los aliancistas somos como tribus, por lo que asistimos y nos encontramos en el estadio con Marcos Cueto, Ivan Inojosa, Eduardo Cáceres, los hermanos Glave, Aldo Panfichi, Carlos Monge, Humberto Campodónico, Kike Sánchez Hernani, Augusto Alvarez Rodrich, Alonso Cueto, Augusto Ortiz de Zevallos, Javier de Belaunde, Juan Monroy, Lucho Pizarro, Constantino Carvallo, Elio Casaretto y, por cierto, Siomi Lerner y Gonzalo García, antes aliancistas que humalistas.

Quien no ha sufrido, quien no ha llorado, no es hincha de Alianza, recuerda un cántico de Comando Sur. Como hincha he sufrido varias veces, pero nunca con tanto dolor como cuando murió Sandro Baylón, en un accidente automovilístico y, sobre todo, con el accidente del avión Fokker, en diciembre de 1987, en donde murió todo el equipo. Mucha gente me llamaba para darme el pésame y no se equivocaron, pues eran también como nuestra familia.

Ver pasar los mundiales de México 86, Italia 90, USA 94, Francia 98, Japón-Corea 2002 y el presente Alemania 2006, no es para acostumbrarse, aunque vivamos del recuerdo. Algunos abandonaron los estadios y se concentran en la Liga Premier inglesa o la Bundesliga alemana. Nosotros seguimos asistiendo a Matute, para ver a Alianza contra que importa quién. De mi padre heredé los libros, no mi equipo, se lo perdono. Felizmente que mis pequeños Adrián y Mauricio, nacieron aliancistas, y es que no hay que descuidar a los hijos. Por eso, hace algunas semanas, mientras miraba por televisión el partido Zaragoza-Barcelona, llamé a mi hijo que estaba presente en el Estadio La Romareda para ver en persona a Ronaldinho. Es por todo esto que hoy, que ha empezado el mundial, me acuerdo de mis amigos.

(Ideele No 177, julio 2006)


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